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El embarazo en detalle
Hay temores que parecen inscritos en nuestro código genético, uno de los más comunes es el miedo a la oscuridad que suele aparecer en los niños pequeños, normalmente antes de los seis años.
Pese a lo que pueda parecer los niños no nacen teniendo miedo a la oscuridad, de hecho hasta que llegan a este mundo han estado en un ambiente oscuro, el problema surje cuando empiezan a entender el mundo que les rodea y su imaginación tiene ya la capacidad de desbocarse.
Sobre los tres años puede ocurrir que el niño empiece a no querer dormir sin luz, ya tiene algo de experiencia y sabe que la oscuridad está asociada a la falta de actividad, a la separación de sus padres y eso no le gusta. Este es uno de los motivos por los que reclaman luz y con ello la presencia de sus padres. En estos casos no hay más elección que hacerles entender que es la hora de descansar y que los juegos han acabado, hay que mantenerse firmes y no ceder a sus intentos de alargar la actividad.
En otros muchos casos este miedo es un síntoma de que nuestro hijo no está aceptando bien posibles cambios que se hayan producido en su vida, puede ser la llegada de un bebé, una nueva habitación o sucesos escolares. El niño se siente intranquilo e inseguro y la oscuridad y el silencio no hacen más que acrecentar sus temores. Lo más importante en este caso será ofrecerle seguridad, deberemos hablar más con él, que se sienta confiado, podemos acompañarle a su habitación contarle un cuento y si es necesario dejar una pequeña luz hasta que se sienta mejor.
La imaginación juega también malas pasadas a los niños, una película, una historia, un acontecimiento diario puede convertirse por la noche en un peligroso monstruo en el armario que le impide descansar. No hay que minimizar estos miedos que para ellos son muy reales, se trata de tranquilizar al niño, demostrarle que no pasa nada y que está seguro. De nuevo puede que sea necesaria alguna fuente de luz, pero sobre todo habrá que estar atento a lo que ve y oye, especialmente si es un niño sensible.
En todos estos casos podemos trabajar también para desmitificar la oscuridad. Lo primero sería acostumbrar al bebé desde que nace a dormir a oscuras, para el niño no va a suponer ningún problema y cuando sea más mayor esos temores irracionales serán más improbables. En cambio si tiene siempre alguna luz, por tenue que sea, cuando sea mayor le será más difícil conciliar el sueño a oscuras.
Es bueno también jugar en la oscuridad, se pueden hacer sobras chinescas, buscar tesoros con linternas o intentar adivinar objetos con los ojos vendados. Poco a poco el niño irá viendo que no pasa nada y que no hay fantasmas ni brujas malvadas. Será importante que acuda a la cama lo más relajado y tranquilo posible, un masaje, un baño o un cuento pueden hacer milagros.
De todas formas no hay que menospreciar los miedos y en el caso de ver que son verdaderamente problemáticos para el niño lo mejor será consultar al especialista.
Foto: Flickr
Referencias: Wikipedia | Medline | UNC
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